Un encuentro insólito (primer premio)

24.01.2013 00:01
Manuel Carrasco Moreno

 

A ciertas edades aumenta la presión arterial sistólica y hay que procurar no sobresaltarse con nada. Os voy a contar lo que me pasó.

Cuando me levanté aquella mañana hacía un día espléndido. Era primavera, los cielos se habían pintado con unas irreales nubes esponjosas como si se estuviera preparando el telón de fondo para un decorado naif, los árboles susurraban al compás de una brisa silenciosa y las flores de los jardines parecían dibujadas por las manos caprichosas de un pintor primitivista.

Dije a mi mujer que me apetecía dar un paseo y sin saber cómo estaba en la línea uno del metro con dirección a Sol. Puede ser que mi subconsciente me hubiese llevado allí por las noticias que todas las cadenas de televisión estaban dando desde hacía unos días. La Puerta del Sol de Madrid estaba ocupada por el movimiento 15M.

Salí frente a la calle Carretas, no circulaban los taxis ni los autobuses. La calzada y parte de las aceras estaban tomadas por una marabunta de personajes extraños y poco habituales por allí. No estaban ni los paletos, ni los emigrantes, ni las busconas de siempre; en su lugar, mucho melenudo, mucho hippy, varios jóvenes con megáfonos recomendando orden y respeto y algún que otro "perroflauta” con la vigilancia distante de las fuerzas de orden público. Circulando por el poco espacio que había libre en las aceras, mucho curioso, algunos turistas haciendo fotos y los reporteros de las televisiones preparando alguna entrevista.

Cuando llegué al monumento del oso y el madroño, me llamó pero, al principio, no le conocí.

-          ¡Eh, Benito! ¿No me conoces? ¡Soy Sigerico... sí, el del instituto!

Sinceramente no me acordaba de su cara, pero lo de Sigerico me hizo recordar.

Habíamos coincidido en los dos últimos cursos, y después le perdí el rastro. Luego, creo que coincidimos en una reunión de antiguos alumnos.

-         Pero, coño, Sigerico. ¡Cuánto tiempo sin verte!

-         Sí, es que me morí hace tres años.

-         Chico, pues no sabes lo que lo siento. No me había enterado...

-         No tiene importancia. Es que como me morí en verano, mi familia no quiso avisar a nadie para no fastidiar las vacaciones, y aunque salí en el obituario del País, no se enteró casi nadie.

Yo, la verdad, no tenía mucha experiencia en eso de encontrarme con amigos muertos, por lo que me quedé un poco parado. Él, que debía estar acostumbrado a esta clase de encuentros, no se ofendió. Yo para salir del paso, le dije que estaba ligeramente pálido, y que había notado algo raro en su aspecto.

-         Sí, claro, es que este cuerpo no es de carne; es de una mezcla de látex y poliéster... mira, ¡toca, toca...!

A mí me daba un poco de reparo tocarle, pero para no importunarle, le toqué en el brazo, y efectivamente, el tacto era como cuando se toca una pierna ortopédica, aunque un poco más blanda, se veía que era un poliéster de buena calidad.

Hay que tener cuidado, porque es muy inflamable, pero se va a gusto en él.

-         Yo, Sigerico, le confesé, no había coincidido con nadie que hubiese muerto, y ahora que te tengo a ti, me gustaría hacerte algunas preguntas...

-         No te cortes, Benito, para eso estamos...

-         ¿Y qué tal te va por..."allí"...?

-         ¿Pues qué quieres que te diga...? Un poco decepcionado. (Hizo una pausa, como para darse importancia, y continuó] Yo había oído, como me figuro que tú, lo del cielo y lo del infierno... Pues nada. Todo, mentira. Aquello es mucho más prosaico y más aburrido. Es como una especie de campo de fútbol inmenso, con techo, en el que las almas planeamos a nuestro antojo. Como no hay cuerpos, allí hay espacio suficiente para todos. Sólo hay que procurar no tropezar con los despistados, porque hay algunos que van como locos, y luego pasa lo que pasa. Lo del techo es para que nadie se escape sin permiso, y es que lo de las salidas, allí está muy serio.

-         ¿Y este cuerpo?

-         No, este cuerpo es sólo para salir. Tardan unos dos años en hacértelo y entonces, una vez al mes puedes volver al mundo, a darte una vuelta. A donde quieras. Yo ya he estado en Estambul, en El Cairo, en Nueva York, el mes pasado estuve en Tokio, y el mes que viene tengo pensado darme una vuelta por Benidorm, que con el buen tiempo ya estará muy animado. Hoy he venido a Madrid porque esto del 15 M no veas lo que está dando que hablar por allí.

-         ¿Y puedes ir donde quieras? Le corté yo.

-         Donde quiera, donde quiera, no. No puedo visitar a mis familiares y amigos íntimos por aquello de que podría darles un susto de muerte. A los conocidos como tú, sí; aunque te aconsejo que no se lo digas a nadie, más que nada, para que no piensen que estás loco...

-         ¿Y qué haces durante el resto del tiempo?

-         Pues allí se vive mucho de los recuerdos. Cuando llegas te dan una especie de "iPad" en el que está grabada tu vida, con todo lujo de detalles. Puedes ver a tus padres, la primera comunión, el colegio, el instituto... Por eso te he reconocido enseguida, es que el otro día estuvo repasando esos años...También suelo ver con frecuencia cuando empecé con mi primera novia... en fin, todo. Pero si te soy sincero, es un poco aburrido...

-         ¿Y de la actualidad, estáis al corriente?

-         Sí, por supuesto. Podemos ver todos los canales del televisión del mundo; cuando te mueres ya entiendes todos los idiomas, eso sinceramente, es una ventaja. Además tenemos un canal privado en el que podemos ver a nuestra familia...

-         ¿Eso sí que es una buena cosa, no?

-         ¿Pues qué quieres que te diga? En principio, sí. He conocido a mis dos nietos que son una preciosidad, pero... ¿Tu conociste a mi Mari Pili? Sí, mi mujer... Pues un putón. No pasaron ni dos meses y ya estaba liada con el vecino... Que me digo yo, si tardó tan poco en acostarse con él, a lo mejor ya estaban liados cuando yo vivía... Pero eso aún no lo he logrado averiguar, a pesar de haber revisado detenidamente en el video todos los encuentros que tuvimos con él antes de morirme... ¡La muy guarra le mete en mi propia cama y tiene la desfachatez de asegurar que él lo hace mejor que yo!

-         -Lo que tienes que hacer, le dije yo, es olvidarte de ella de una vez, que por lo que me dices, no te merece... ¿Y allí no tienes ningún ligue?

-         Hombre, lo que nosotros entendíamos por ligue, no. Allí es distinto; como no hay cuerpos, eso de los sexos tiene menos importancia. Tú sabes que yo siempre fui muy machote y algo mujeriego, pues ahora estoy colado por el alma de un chico de Lugo que es simpatiquísimo y cuenta unos dichos de su tierra que te partes de risa. En cambio para salir, me suele acompañar una jovencita de Burdeos que tiene un cuerpo de infarto, aunque sea de poliéster, claro. Hoy no ha venido porque ha ido a darse una vuelta por París porque siente añoranza. A ver si la próxima vez coincidimos y te la presento.

-         Oye, dije yo, y hay muchos como tú por aquí.

-         Muchísimos... aquel del sombrero de cuadros que está saludando a la señora gorda con el vestido de flores, es de allí. Yo le conozco porque solemos coincidir cuando me doy una vuelta por Madrid... Y la señorita que se está tomando una coca cola en aquel bar... y el señor con bigote y gafas negras... en fin, muchos... Y eso que sólo podemos salir una vez al mes, que si no, esto se pondría imposible...

Yo me sentía un poco nervioso hablando con Sigerico, porque uno es muy mirado y pensaba que si me veía algún conocido, cómo le iba a explicar que mi amigo del instituto realmente estaba muerto.

-         No te preocupes, me dijo Sigerico, que como ya sólo era espíritu podía leer el pensamiento; si esto de hablar con los muertos es muy corriente. No te digo más que hasta hay clubs privados en los que se reúnen para contar los contactos que consiguen. Porque, si tienes un poco de experiencia, es muy fácil reconocernos. Fíjate bien, el pelo es sintético, la dentadura es demasiado perfecta, el color de la piel no está totalmente conseguido, y si además nos tocas, ya no hay ninguna duda. Yo procuro no montar en metro, porque en alguna ocasión he sentido que me palpaban y estoy seguro que era alguno que quería comprobar si era de los muertos.

Me tuve que despedir porque había prometido a mi mujer que volvería pronto, y como no está acostumbrada a mis salidas, se preocupa mucho si me retraso.

Nos despedimos. Yo no sabía si darle un abrazo o estrecharle la mano. Él se adelantó y me abrazó efusivamente.

-         No veas lo que me he alegrado de charlar un rato contigo; ha sido muy agradable recordar los tiempos juveniles... A ver si volvemos a coincidir...

-         Adiós, Sigerico, yo también me he alegrado mucho de verte.

    No se lo había contado a nadie, hasta hoy.

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